LA GUERRA

RELATO REAL HIROSHIMA

Tokio, A.F.P 

– En la mañana del bombardeo de Hiroshima – relata el señor Yasuo Yamamoto – iba en bicicleta cuando oí el ruido de aeroplanos. Pero no presté atención, porque en aquellos días estábamos habituados. Dos minutos más tarde vi levantarse una gigantesca columna de fuego en medio de terroríficas explosiones, como el estampido de mil truenos a la vez. Mi bicicleta fue arrojada por el aire y yo caí detrás de una pared. Cuando pude trepar, vi una horrenda confusión, sentí una enloquecida gritería de chicos y mujeres, así como alaridos de personas seguramente malheridas o moribundas. Corrí hacia mi casa, advirtiendo en el trayecto gentes apretándose grandes heridas, otros cubiertos de sangre la mayor parte quemados. Todos mostraban el pavor más grande que yo he visto en mi vida, y el sufrimiento más grande concebible. Más allá de la estación se veía un mar de fuego y todas las casas destruidas. Me angustiaba pensar en mi único hijo Masumi y en mi mujer. Cuando por fin logré llegar, entre escombros e incendios hasta lo que había sido mi casa, no había más paredes y el piso estaba inclinado como en un terremoto, con pilas de vidrios rotos y fragmentos de puertas y cielorrasos. Mi esposa, herida, clamaba por nuestro hijo, que había salido a hacer un pequeño mandado.

Lo buscamos por todos lados, en la dirección donde había ido, hasta que oímos por ahí a un ser desnudo, casi sin piel, con el pelo también quemado, que gemía en el suelo, casi ya sin fuerzas para contraerse. Con horror, le preguntamos quién era, y con voz apenas comprensible el desdichado murmuró con una voz extrañísima Masumi Yamamoto. Lo pusimos sobre una tabla, resto de una puerta, con infinito cuidado, porque era una llaga viva, y lo llevamos hasta algún lugar de auxilio. Unas diez cuadras más allá advertimos una larga fila de heridos y quemado que esperaban a ser atendidos por médicos y enfermeras, también heridos. Pensando que nuestro niño no aguantaría más, rogamos a un médico militar que al menos nos diera algo para aliviar sus dolores. Nos dio aceite para cubrirlo y así lo hicimos. El chico nos preguntó si iba a morir. Con fuerza le dijimos que no, que pronto se curaría. Quisimos llevarlo de nuevo a nuestra casa pero nos dijo que, por favor, no lo moviéramos de donde estaba. Al oscurecer se tranquilizó un poco, pero pedía agua constantemente. Y aunque no sabíamos si podía empeorarlo , se la dábamos. Por momentos deliraba y sus palabras no se entendían. Después de un tiempo pareció recobrar el sentido y nos preguntó si era cierto que había un cielo. Mi esposa estaba trastornada y no atinó a responder, pero yo le dije que sí, que había un cielo, un lugar muy lindo donde nunca habría guerras. Escuchó estas palabras atentamente y pareció que se tranquilizaba. “Entonces, es mejor que me muera”, murmuró. Ya no podía casi respirar, su pecho se alzaba y bajaba como un fuelle, mientras mi mujer lloraba en silencio para que él no la oyera. Después, nuestro hijo empezó de nuevo a desvariar y ya no pidió más agua. A los pocos minutos, felizmente, dejo de respirar.

CARTA DEL SEÑOR LIPPMAN, DE EUREKA, COLORADO, DIRIGIDA AL SECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS, PUBLICADA EN EL NEW YORK TIMES:

Estimado Señor:

Le escribo para comunicarle que he decidido renunciar como miembro de la raza humana. Por consiguiente, pueden ustedes prescindir de mí en los tratados o debates que esa Sociedad realice en el futuro. Saludo a usted con atención.

Cornelius W. Lippmann

Recopilado por Ernesto Sabato en  Abbadón el Exterminador


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